Páginas vistas en total

jueves, 22 de septiembre de 2016

Entre los 80 y 90 se realizaron en el país 10 trasplantes de corazón


Dr. Manuel Penso: "A pesar de que Venezuela fue el primer país del mundo en erradicar la malaria, hoy nuevamente por la situación precaria de salud, vuelve a aparecer esta enfermedad"

Una conversación de corazón a corazón, solo puede darse con una persona muy querida o con un cirujano cardiovascular, cuando se tienen ambas, es una gran suerte, y allí entonces si podemos hablar «A corazón abierto»

Es así como disfruto una conversación interrumpida por la distancia y por la tecnología, pero que entre trozos y trozos hemos logrado armar una historia llena de años, de cuentos, anécdotas y de nostalgia, claro que sí,  de un hombre que ha sido para Venezuela, honra de muchas generaciones, Manuel Penso, el médico que con su equipo hizo el primer trasplante de corazón en el país, también fue el primero en hacer trasplante de riñón. Después de él, nadie más ha hecho trasplantes de corazón en Venezuela.

Tuve la suerte de conocer al Dr. Penso en medio de una de las tantas campañas electorales que hemos tenido y cuando lo vi un día –parado como quién espera a alguien- en el Comando, sin saber quién era él, le pregunté que si lo podía ayudar en algo, y de manera muy determinante me dijo: «Soy yo quien viene a ayudar» a partir de ese momento, y acostumbrada más a escuchar pedidos que otra cosa, comenzamos una aventura electoral de ayuda mutua, donde cada uno hacía lo propio.

Preocupado —desde entonces— por la situación del país, que ya asomaba la tragedia que hoy vivimos, soñaba con trabajar GRATIS para cualquier institución de la salud, se proponía como pieza «ad honorem» y a disposición de Venezuela toda. Hablaba entonces de hacer una auditoría administrativa para conocer el descalabro del sistema de salud; hoy nuevamente, a sus 80 años, insiste más que nunca en la necesidad de conocer esa realidad económica y establecer responsabilidades, porque el capital más valioso de una sociedad es su capital humano, por eso hay que mantenerlo saludable, para que sea productivo y generarle un ambiente de seguridad y estabilidad para que pueda prosperar.

Su preocupación por Venezuela la destila en cada palabra, en cada recuerdo, su pasión por la medicina le hizo prometer a uno de sus grandes maestros brasileros  —durante un Congreso en Brasil, al  profesor Cervini—  que haría su primer trasplante y esa promesa fue una realidad, en la humanidad de  Víctor Bejarano en octubre de 1987, quien sobrevivió 10 años y no le falló su corazón,  murió de una infección pulmonar. Este evento tuvo resonancia Continental por el avance de la excelencia de la medicina en Venezuela.

¿Cómo es que usted decide hacer trasplantes en aquella Venezuela de los 80?

—Yo no creí que íbamos a hacer trasplantes en Venezuela, pero en pleno entierro de mi madre, se acercó un médico del Seguro Social y me entregó una carta donde me nombraban director del Pérez Carreño, para ocuparme solo de la parte médica, dije que no iba a firmar ni un cheque, porque la parte administrativa no me interesaba,  y así se me presentó la oportunidad de abrir el servicio cardiovascular en ese hospital. Teníamos 4 servicios de cirugía y el mismo número de traumatología. Había que cerrar uno de traumatología y vi el ambiente propicio, en espacio y en formación de recurso humano para empezar a trabajar el servicio de cirugía cardiovascular. Tomé el ambiente físico, pero necesitaba una sala de recuperación especial para los trasplantados.  Para entonces, el Presidente  mandó a decir que en el hospital no se podía tumbar ni una piedra. Logramos, en un fin de semana, hacer una habitación grande y que se compraron aparatos para hacer cirugías. Así comenzamos.

Mucho antes,   durante sus estudios en Brasil con el Prof. Cervini, el Dr. Penso  había comenzado a trabajar con animales, y desde aquel momento, quiso prepararse para hacer trasplantes, sin embargo, no pensó nunca que podría hacerlo en Venezuela.

En Brasil estaban listos para hacer ese primer trasplante, sin embargo  la ley allá no lo permitía, porque el corazón creían que también moría. Pero fue Brasil, el primer país en Latinoamérica que hizo un trasplante.

Con ganas de irme al pasado, tal vez para comparar, le pregunto ¿Cómo era la situación del país cuando usted hace la primera operación de corazón?

—Mucha dedicación, mucho trabajo. Llegar al trasplante significó trabajar muy duro, nunca se pensó que pudiéramos hacerlo, para ello se necesitaban muchas cosas, además de equipos, médicos y espacios físicos, mística, y encontrar un donante, esto último tal vez era lo más difícil. Así como un paciente a trasplantar que viviera en un ambiente físico adecuado, en buenas condiciones, con una familia capaz de cuidarlo. Todo eso teníamos que preverlo, y así fue.

«A partir de ese momento y en 5 años, entre el 87 y el 91 realizamos 7 trasplantes en el Pérez Carreño, más tarde hicimos 3 en la Clínica Ávila. No era fácil, porque los médicos teníamos que buscar, gestionar lo que necesitábamos para trabajar, pero ya ves que pudimos hacerlo, además cuando yo me empeño, me empeño»   
     

Sin embargo, la falta de material, equipos, hizo que no se continuara con  ese impulso que describe Manuel Penso. Años más tarde, vuelve al Pérez Carreño,  a reactivar el servicio cardiovascular, que hasta entonces se ocupaba solo de operaciones de várices, esta vez lo hace Ad Honorem. Y Cuenta: «Me llamaron a una reunión con el Ministerio de Sanidad y la  condición que imponía el Ministerio para reabrir el servicio Cardiovascular es que teníamos que tener un récord de al menos 100 operaciones por año, creo que porque nunca pensaron que yo podía operar a 100 pacientes al año y sobrepasamos la meta en 2001» Así volvió Penso y creó nuevamente un equipo. Hasta que poco tiempo después la política entró en el tema y la sala de conferencias de los médicos la convirtieron en una sede, de lo que hoy es el PSUV.

¿Cómo ve el futuro de la medicina en el país?

«Hay que profundizar en procesos de descentralización, prestar servicio de salud de primera calidad haciendo énfasis en la prevención, en mejorar los servicios básicos de cloacas, agua potable etc. con el fin de disminuir enfermedades como el dengue, que ha ido en aumento en un 20% anual, las enfermedades infectocontagiosas,  la Malaria en especial en el sur del país, Venezuela fue el primer país en el mundo que erradicó esta enfermedad; la desnutrición como resultado de la pobreza crítica.

«Se debe proceder a la reestructuración de la parte asistencial, comenzando por la organización de una red primaria de atención las 24 horas, con centros distribuidos por zona y por número de habitantes, en  los que se  deben atender en  primera instancia, para en caso de ser necesario, ser enviados a centros de segundo nivel  en los que se contaría con mayor equipamiento para el diagnóstico y/o tratamiento o a los hospitales de tercer nivel.

Y llegaron los cubanos…

¿Y no es esto Barrio Adentro, lo que usted describe?

«Barrio adentro» como concepto, es bueno, es justamente esa atención primaria, sin embargo este programa nunca tuvo calidad»

—La red de atención primaria podría funcionar en los centros ambulatorios ya existentes tanto del Ministerio de Sanidad, como del I.V.S.S. utilizando además los módulos de los barrios que se dedicarían no solo a la atención médica sino también a impulsar y promover la prevención. Estos centros serían atendidos por los médicos recién graduados que deben cumplir con la pasantía rural.

Hoy Venezuela tiene el corazón partío

Es lamentable cuando revisamos las altas cifras de médicos que han tenido que salir del país y ahora ofrecen sus conocimientos en otras tierras, cuando vemos que no solo los hospitales no cuentan con las normas mínimas de salubridad, vemos a niños recién nacidos en cajas de cartón y no hay medicinas ni para curar una gripe. El Dr. Penso habla y habla sin parar de todo lo que habría que hacer en el país, desde hace años se ofrece como voluntario para ayudar, ese tal vez sea su sueño más significativo, como hombre sencillo que es.

Mantiene aún recuerdos de sus pacientes y lleva consigo un crucifijo que usa a diario y bendice sus manos, regalo de una mujer trasplantada.

A manera de reflexión y de recuento, él mismo se pregunta, ¿Cuántos pacientes han fallecido por falta de atención?  ¿A quién se debe responsabilizar?  ¿Cuál es  la deuda  que mantienen los sectores que retienen las cotizaciones de los empleados, siendo bien conocido que el principal deudor es el ESTADO? ¿En qué se han  dilapidado los fondos de pensiones y jubilaciones? ¿Además existe una deuda  multimillonaria con las casas  distribuidoras de material y  equipos? Y en medio de esta crisis mantiene la esperanza de hacer una entrega al país.

Se pregunta cómo puede haber salud si vives en un barrio con calles de tierra. «Hemos involucionado hasta llegar al primitivismo»

Recuerda a su equipo por la excelencia, la dedicación y destaca el nombre de Basil Kalvadij, su primer ayudante, quien lamentablemente, hoy tampoco está en Venezuela.

Manuel Penso, con un extenso curriculum, formado en nuestra Universidad Central de Venezuela con estudios de Post Grado en Brasil y Estados Unidos, nos honra como país y nos ofrece la esperanza de que con mística y ganas de hacer las cosas, si podemos llegar a la excelencia y poner nuestro nombre en alto.

 Conciencia, calidad, dedicación, formación de equipo y competencia, son algunos de los legados que nos deja este médico cirujano cardiovascular que hoy honra a Venezuela y al Continente con su vida. Manuel Penso, gracias!




viernes, 17 de abril de 2015


Tiempo de muerte, literatura y bolero

 

I

Veo cómo mi cotidianidad, ese espacio de profundo encuentro conmigo misma, anhelado siempre cuando estoy lejos, se hace añicos cada día. Mis costumbres, mis gustos, mi fascinación por las caminatas por mi barrio para ver a la gente, saludarla, sentarnos a conversar y tomar un café se desvanecen y  se han transformado en malas noticias, luchas con banderas, mensajes de pancartas, comunicados de estudiantes y desfiles nocturnales al compás de las cacerolas, exigiendo libertad.

Gritar sin resignación como quien pretende acercar la distancia temporal de la historia, ya es tarea de todos los días. Reconocer que ya las noches no son aquellas de seda y vino, de cantos de son, ni los amaneceres de reír por nada y llorar por todo. Ahora me encuentro peleando, sí, peleando y gritando por el medio de la calle, al lado de vecinos, de desconocidos, de jóvenes que alzan su voz más fuerte que yo, y de señoras que entonan el himno nacional como si fuera un mantra que les tranquiliza el alma sin meditar qué hacer por el país, o más bien, qué más hacer.

El Ávila allá, siempre cerca, omnipresente, único testigo de aquella cotidianidad –casi perdida- él no deja de estar, de mirarme  y acusarme de tanta ausencia en aquellos regodeos que hacíamos juntos en sus quebradas, donde solía ir los mediodías a tomar un jugo y a veces hasta una ensalada para sentir que podía desafiar el bullicio de Caracas con el silencio y el sonido mágico del agua de sus cascadas. Allí está para reclamar mis días. Acusador, erguido, a veces envuelto en fuego ante la apatía de muchos y el dolor de otros tantos, pero permanece como si nada le afectara. Es lo que va quedando de los días que me gustan, esa inmensa montaña.

II

Una tarde más con los jóvenes que reclaman a las puertas del PNUD.

Sentada en una escalera que sube a la indiferencia de esa ONU silenciosa, que no da respuesta y pareciera cómplice, observaba quieta. Cada quien tiene una vida, una historia, pero todos pelean por un futuro.

¿Qué piden? ¿Por qué manifiestan? Se preguntan algunos transeúntes que los pilla el despiste y se atraviesan en ese lugar, sin entender por qué hay tantos muchachos metidos en carpas.

Son jóvenes inocentes sorprendidos por una situación enferma que quisieron detener. Se organizan, se cuentan, hay coordinadores de logística, de comunicación, de seguridad. Me impresiona verlos en esa gran empresa por la libertad, exigiendo derechos y trabajando en esa ciudadela improvisada de óvalos de tela como si fueran hormiguitas. Uno da un parte de los desaparecidos en Táchira, Mérida, Anzoátegui y Bolívar. Otro anuncia una misa a las 6 de la tarde. Otro más y con voz enérgica, llama a los del campamento a activarse; no sé qué quiere decir con eso. Pero ante esa voz todos corren y se agrupan a mi derecha, a lo lejos, no logro escuchar, pero los veo atentos y con caras sorprendidas, algunos asienten, otros se retiran en silencio. El grupo se disgrega, dos se abrazan, ella llora.

Es jueves santo, el calor rescata mis recuerdos de semana santa, hasta ese momento no la había sentido. Llegué hasta allí con el dolor y el recuerdo de Anacaona, El ratón, Eres una en un millón y Mi triste problema, entre tantas otras. Había muerto Cheo esa mañana en Puerto Rico, sí, el gran Cheo Feliciano, el de Los entierros de mi pobre gente pobre. Veía a los muchachos, mientras cantaba en silencio… mis flores son de papel, pero mis lágrimas son de verdad y lloraba, viéndolos a ellos, contagiada por la muchacha que en los brazos del estudiante lloraba también. Yo recordaba a Cheo, pero con la presencia de los jóvenes, tocaba mi realidad. Era un despecho de amor y libertad.

Suena el celular, cuando me disponía  a irme a casa para regresar con ellos a las 6 a su convocatoria de la oración, una misa, un encuentro con la fe, en ellos veo su fervor y su credo, como también toco su esperanza constante.  «Murió Gabriel García Márquez», decía la voz del otro lado del teléfono.  Me volví a sentar.

Esa tarde había dolor y tristeza. Encuentro con el pasado, mi historia reverberaba en todo mi cuerpo. Un día que se conmemora la agonía de Jesús en el huerto de Los Olivos,  se recuerda también la traición de Judas, no podía ser menos dramático entre nosotros, los venezolanos, los colombianos y caribeños, y más emblemático para Venezuela donde el dolor, la muerte y la tristeza se han convertido en una cotidianidad que nos hace agonizar.

Este jueves santo era de muerte, sin campanas, sin esperar resurrección. Como son  las muertes en mi país, anónimas, silenciosas. El parte de muertos y heridos de la policía no existe, tal vez porque sobre pasó el número «políticamente admitido». Mi cuerpo estaba aletargado y de pronto los muchachos comenzaron a cantar.  Todo lucía pesado a mí alrededor, algo me detenía, no podía seguir, no lograba pararme de nuevo.

Los jóvenes vibraban y con mucha intensidad se movían, dirigían, planificaban. Eran vidas armónicas las que ahí palpitaban a pesar del dolor por la espera de ese futuro desaparecido. A pesar de la intensidad de la vida,  la muerte estaba presente: Génesis, Robert, Bassil… Un joven colocaba cruces para recordar a cada uno de los caídos. Me acerqué en silencio. El panorama no era fácil de digerir. El Caribe y el mundo también se estremecían, pero por las muertes de Cheo y Gabo. Yo me estremecía por todos, era mucha carga en una sola tarde.
IV
Eran aquellos tiempos cuando las tardes de cine, de café en la plaza, de cuentos de películas y sobre todo de los libros que acariciábamos en esos días, formaban parte de la cotidianidad desgreñada y sin planificación alguna. Rones y sones, canciones y amores, todo hacía una convergencia de disfrute cotidiano. Discusiones sobre el amor de Florentino por Fermina y las más de 130 cartas escritas sin agotar ni una gota del amor a pesar de tantos años. Aquel amor tan caudaloso como el Magdalena, que  al final resultó ser síntesis de la vida y la muerte. Claro que del amor también.

Era inevitable recordar aquellas charlas sobre los personajes, pero sobre todo, cuando estábamos entre periodistas, lo más apasionante era lo que cada uno podía aportar de su conocimiento sobre Gabo en Caracas, pocas veces me tocó una conversación donde se hablara de la relación del escritor con Cuba, parecía no importarnos demasiado. Una vez recuerdo haber escuchado al Negro, así lo llamábamos en la universidad, contar un encuentro con Gabo en Caracas y su fascinación por aquella sencillez, inteligencia y sentido del humor que prevalecía en él.

La nostalgia apadrinaba aquel instante, aquella tarde impregnada de juventud, donde el deseo de libertad era una consigna, y recordé a Nietszche en esa frase que me ayudaba a entender un poco más lo que estaba sintiendo: «Todo lo vivido ha de repetirse, solo que al volver lo hace de un modo diferente». Esa frase resumía mi nostalgia por aquella cotidianidad perdida. Me regresaba la esperanza, pero me preguntaba: ¿Y si regresa diferente y no me gusta tanto
V
Decidí caminar entre las carpas para escuchar más a los jóvenes, reírme, porque ellos allí convierten el dolor en esperanza, y esa juventud, no deja de serlo a pesar del maltrato, de la violencia y la represión de un Estado que practica a diario un culto irreflexivo. Que trabaja por un nacionalismo acomodaticio, que se siente con la autoridad de dictar hojas de ruta y mapas para indicar una nueva forma de vida, forma que burlan los jóvenes desde su inteligencia y avanzan un paso más en la desobediencia.

Me pregunto, ¿Cuál será el diálogo que prevalecerá entre esta historia y el pasado, o entre esta historia y el futuro? Veo almas sencillas, omniscientes, pero en un amargo momento de la historia que afecta también su vida cotidiana, la del estudiante preocupado por las ciencias, por el arte, el deporte y  la diversión. Todo a mí alrededor es como una obra de teatro. Me pregunto a cuántos interesa esta realidad.

Vidas paralelas, muerte, esperanza, dolor, diálogo, mentira, traición, instituciones, libertad, libertad, libertad. Democracia, violaciones, represión, justicia, justicia, justicia. Es un marco de palabras construidas alrededor de una vivencia, de un deseo por derribar ídolos de papel y propaganda costosa, palabras que entonan la lucha, que se niegan a vaciar su contenido y en boca de los estudiantes, son verdaderas, son un deseo permanente, son un derecho.

Ya no hay cotidianidad…hablo de la añorada, esa que se hizo añicos.

VI
Hoy, no por casualidad, o sí, quién sabe, también es jueves… a las 3 de la mañana un contingente de 900 hombres armados acabó con la paz de este campamento y tres más. Los sueños corrían arañados en las paredes de los edificios, el miedo se apoderó de los cuerpos jóvenes que están dando sus vidas por vivir en paz, que dejan sangre en el asfalto.  Muchos otros amanecieron en medio del más oscuro pavor. Un grupo de sordos no escuchó el grito, fueron maltratados y humillados. Mi barrio, mi ciudad, mi país, una vez más amanece con presos, heridos, mentiras, traiciones, más palabras cavilando para darle fuerza al país.

Sigo en mi dolor que empezó hace varios jueves y canto: «…seguir angustiado, viendo que se pierde la felicidad. Estar convencido de que en un vacío peor que el olvido, se hundió todo aquello que siendo tan nuestro ya es tiempo perdido. Andar con la pena de que nadie sepa cuál es mi dolor…»

Desde adentro, sale un grito que dice: ¡Venezuela, no te rindas!

 

jueves, 23 de octubre de 2014

Una simple reflexión ... "No se trata de crear un estilo de pensar"


¿Cómo configurar una nueva forma de poder, luego de haber tenido la nefasta experiencia de estos 16 años de ineficiencia?

Esta puede ser una pregunta recurrente en todos nosotros, especialmente cuando nos planteamos, como suele suceder, que todos los brutos están del otro lado y que la oposición está llena de inteligentes y «resabidos»; entonces surgiría otra interrogante y es, ¿de ser así, por qué son ellos quienes están mandando?, peor aún quienes NOS ESTÁN MANDANDO, esta afirmación para que nos duela, sí.
Tal vez falte más autocrítica, no solo de lado y lado, sino especialmente de este lado, donde sí hay mucha gente capaz, inteligente y dispuesta de una manera ética a construir esa nueva forma de poder.
Estamos claros, o por lo menos yo creo estarlo, que las ineficiencias del pasado, esa forma unilateral de hacer política y el silencio cómplice de los ciudadanos, hicieron posible la llegada al poder de un régimen  oprobioso como el que estamos padeciendo.
He reflexionado mucho en torno a una unidad que no es tal, no solo porque no me gusta la unidad, ni el partido único, ni un solo timón, sino que en la práctica, tampoco es verdad. Cuando leo en las redes sociales vociferar en contra de la MUD, por otro lado en contra de «La salida» de Leopoldo, de María Corina, de los adecos, copeyanos, justicieros, etc., entiendo, comparto y respeto que cada quien desde el otro lado de la acera tiene el absoluto derecho de pensar como quiera, ¿o es que acaso no tenemos un pensamiento democrático? Lo que si me llama a botón, es que nuestra meta debe ser común, todos quienes estamos de este lado de la acera debemos comulgar en un esfuerzo para recuperar la democracia, pero desde diversas formas de pensar; no se trata de crear un estilo de pensar, se trata de crear una forma de convivir con éxito.
Esa oposición debería estar más cerca, en cómo fortalecer cada  los partidos políticos que el fallecido galáctico se echó al pico en el año 98, por cierto muy de la mano con algunos medios de comunicación —cosa esta que no debemos olvidar— y de muchos otros ciudadanos comunes, periodistas, etc., que apostaron a gritos al quiebre total de los partidos políticos vs la asunción al poder de un golpista consumado.
No pretendo pasar facturas con este texto, pero sí poner de relieve que no debemos olvidar para poder entender qué es lo que estamos viviendo y hacia dónde queremos ir.
En este momento de caos y fracaso total de el régimen mixto cubano/venezolano, me interesa cómo incorporar a nuestra realidad un pensamiento diverso desde las distintas ideologías, hacia un objetivo único, recuperar la democracia.
Es hora de que los venezolanos todos, oposición, y oficialistas, tengamos paz. Cuando hablo de oficialistas, no me refiero a los ladrones, corruptos y ejemplares que se han beneficiado de este pueblo noble, me refiero a todos quienes no encontramos los artículos de primera necesidad, a todos quienes debemos recurrir a las mil artimañas para conseguir medicinas, a quienes no tienen ni esperanza de tener una vivienda, a todos quienes día a día vivimos el ocaso de un régimen fracasado que sobrevive en una plataforma de propaganda y mentiras, gracias a los residuos de dólares que aún quedan en las arcas que no han sido saqueadas.
Es hora de construir, de producir, de diseñar, de accionar, de luchar por esa libertad y ese respeto que nos han secuestrado para poner todo en manos de un Estado corrupto y mentiroso. En esa construcción veo a cada uno de los ciudadanos, en ese accionar veo a cada uno de los partidos políticos renovándose y mostrando a estos ciudadanos que efectivamente están dispuestos a cambiar, desde sus propias ancestrales figuras, hasta un pensamiento que en muchos casos ha quedado en el pasado.
Con ideas renovadas, con pensamientos jóvenes y diversos, con derechas, izquierdas y centros, donde cada ciudadano tenga la opción de buscar sus propios espacios, de tener una participación mucho más activa y no decantar toda su manifestación a través de un solo canal que le asfixia.
Es hora de rescatar los partidos políticos, es hora de limpiarlos, es hora de renovar cuadros, es hora de demostrar que sí se puede, pero también es hora de purgar mucha maleza que se ha trepado en la desgracia de los venezolanos. Los partidos no son malos, lo malo de ellos es quienes están allí.

Es hora de abolir «la grandeza de un sujeto» que nunca es tal, ni de un lado ni del orto, no al caudillismo; porque la única grandeza de este país está en sus ciudadanos, en sus ideales, en su educación, en su libertad. Un país no se acaba por unos cuántos, ahora es que Venezuela es grande! Basta de unidades chucutas, la única verdad es la diversidad de las ideologías apuntando a la lucha por una verdadera democracia, ese es el objetivo.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Alguna vez amamos, o dijimos amar,
la terquedad sombría de tu fuerza
Armando Rojas Guardia, Patria


El encuentro con la piel y con la lengua, la transformación de un cuerpo en otro, uno enfermo, un joven detenido, el cuerpo del poeta late en otro que se suma al dolor de un cuerpo libre. El azul congelado da luces al verde, a todo lo ancho y gozoso de esta tierra; la distancia, la penumbra, la nostalgia y el recuerdo, todo eso es esta mancha sombría que pasa por mis recuerdos, con nuevos fantasmas alegóricos de lo abstracto, no logro descifrarlos, no se parecen a mi historia, a mi vida, a mi antes.
Era domingo en la mañana y en mi cama, impregnada de miradas hacia lo vivido, intentando detener el tiempo entre las cobijas, una gran interrogante caía sobre mi frente y se cerraba cada vez que pensaba en mi vida, mi futuro, mi tierra, mis amigos, mis boleros, mis libros, mis días, mi todo, mi Patria pues. Tomé «Mapa de desalojo» como quien busca respuestas en la poesía y luego de leer los primeros encuentros de Adalber con Armando, su admiración y sus mágicas descripciones de esa voz «ronca, honda con olor a cigarrillo» creí que podía escaparme de mis dudas y pensamientos, hurgando en la belleza de la poesía, de las letras de Rojas Guardia, pero no fue así, mi instinto me jugó un señuelo y abrí Patria.
Entonces, intento dibujarla de nuevo, vuelvo a la piel y a la lengua,  la realidad me quita los zapatos, ese curtiembre que me hace andar. Muevo los dedos y afuera veo –por la ventana-  un simulacro de ciudad. Escucho voces que me son ajenas, donde el martirio y esa «terquedad sombría» me hacen daño. Me quedo, tranquila y con miedo, porque todo empieza a hacerse desconocido. No sé cuál es la mejor hora, ni la peor para esconderme. Me refugio una vez más en este poema que me aturde y lo amo, y me duele cuando leo que: «te concibieron con vocación precisa del fracaso», entonces qué es lo que hacemos escondidos en esta mancha sin horizonte, me pregunto. Me siento entre benedictos, creando un claustro cada vez más cerrado para reinventarme y diseñar un nuevo modo de vivir, tal vez desde las entrañas.
Leo y releo Patria y me envuelve el «trapo contumaz de su bandera», me contamina y me hace llorar. Es la misma Patria que se nos pierde entre la maleza del dolor de quienes caminamos sus calles, escuchamos los pasos andariegos y veloces que intentan escapar de las ráfagas, de los secuestros, de la violencia. Con razón Armando la describe como vil y prostibularia, pero le declara su amor cuando «se atreve a cubrir su desnudez». ¡Cuánto dolor retumba en ese poema!
Esa temporalidad que me impone Patria, de un quizás mañana o un mañana sí…la duda inmensa de un pluscuamperfecto que no entiendo, me hace vivir desde las entrañas, creando, inventando, dando sabores y olores a mi madriguera. La ciudad que tengo no la conozco, no es Patria, quiero decir, no es mi Patria, es la Patria del poeta, más bien la del poema que esculpió, la recorro y de mucho recorrerla se me desdibujan los rostros que nunca vi, que no se parecen a nada.  Vuelvo al poema.
Y «al evocar calabozos, muchedumbres, hombres desnudos vadeando el pantano, llanto de mujer, un hijo…» La mirada regresa al capítulo miserable, al que nunca soñé, al que me atormenta, al encierro, a la injusticia a ese llanto de mujer que describe el poeta y que lo escucho, ya no a lo lejos, sino cada vez más dentro de mí.
¿Me invento entonces una Patria?
O más bien ¿diseño una ciudad cada vez que mis amigos me visiten para tratar de imitar la que tuve? Aquella que nos hacía reventar de risa y donde llorar un amor que se iba nos obligaba a recorrer algún bar, pasearnos por una calle canalla y entender que después que se va un amor, no nos queda otra, que volver a querer. Cualquier bolero era testigo de nuestro padecer, se convertía en telón de fondo de una novela que armábamos entre dos, la disfrutábamos, la inventábamos y seguíamos adelante.
Hoy me quedo sin zapatos, muevo los dedos nuevamente, pongo el lápiz en mi boca esperando tener algo nuevo qué agregar, qué describir, qué definir, qué reprochar, por qué luchar. Le grito que no se venda, que no se deje más.
Mientras apuntan a mi corazón, me invento otra ciudad, invento una Patria que no existe, llegan mis amigos, le doy sabor a mi madriguera y la pinto de Patria, hay olor a cardamomo en mi café. Mis perros me mueven la cola, me encierro, pero sé que no es para siempre.
Vuelvo a Patria, me refugio y me detengo en esa dificultad de sonreír que alude el poeta «levantando los hombros, desganado, y diciéndote con sorna, con ternura, mañana sí tal vez. Quizá mañana…»


viernes, 18 de julio de 2014

Una mirada a Proserpina, de Armando Rojas Guardia


Proserpina es una esencia divina de vida, muerte y resurrección que hace un puente entre la realidad, el amor, el erotismo, la literatura y Pablo Rojas Guardia.
Este encaje de circunstancias, convertido en el primer y único cuento que cuenta Armando (hace más de 30 años), es un homenaje a su padre que se convierte –a través de su prosa- en una deidad de cuerpo, deseo y fenómeno espiritual que logra atrapar al lector, desde cada espacio de esa relación contada, para que no se aparte de la obra, desde el principio hasta descubrir en ese final, la relación filial que los une.
Armando cuenta una historia que descubre en un armario cualquiera y su éxtasis por aquello le hace redimensionar y reescribir literariamente, mientras desde su creación desviste a Proserpina luego de un encuentro diplomático en El Cairo. Narra cada momento con una lírica que entreteje con deseo y fascinación y a partir de su invitación a desaparecer juntos una noche, ella en un arranque de liberación acepta un escape que marcará la vida de ambos para siempre.
Él con la huella de la seducción de Proserpina se envuelve en un aire de locura que se abre aún más cuando María Eugenia, su esposa, sale a Caracas a dar a luz, y él toma todos los espacios para honrar el amor y las pasiones que le desata esta diosa, pero carnal. Describe el autor que: «…como los más intensos licores, calará lentamente y sin que yo lo note, la materia última de mi cuerpo y, a través de ella la de mi alma»
Los arrebatos, las caricias inesperadas «las batallas del coito», en el desorden de una casa donde la esposa no está. Las mucamas fueron dadas de alta –en el adelanto de sus vacaciones-  para tener más espacio; en una cama desnuda como sus cuerpos, sostiene la languidez, los rezagos del cansancio de un sexo habitado en ella y deseado por él.
Esta obra redimensiona espacios del amor -en tiempo futuro- que nos hace experimentar una especie de alma ansiosa, escondida, convertida en cuerpo, en vagina, en lengua, en objeto absoluto de deseo danzante al ritmo del Réquiem de Fauré.
Los días transcurrían y el tiempo marcaba el regreso de María Eugenia con su hijo recién nacido; la fatalidad se imponía con un accidente donde Proserpina y su marido quedaban comprometidos físicamente. Él lloraba la ausencia, mientras pensaba en el amor resignado que llegaba nuevamente a El Cairo, el de su mujer. Proserpina –mejora su salud-  e inventó un encuentro en El Nilo, bajo juramento de espacios solos, de encuentros clandestinos donde nadie lo notaría. La pasión se mezcla con la lujuria del pensamiento. Todo a la vez en el hilo plateado fluvial de sus deseos.
Al final, se baja una tela de seda, un telón de fondo que cubre a nuevos personajes y descubre la cercanía de los protagonistas.
El disfrute del cuento es inmenso, el lenguaje excelso, propio de Armando, impone una estética en cada línea de pura seducción. Próximamente tendremos una nueva edición, esta vez será editado por La Guayaba de Pascal

sábado, 12 de octubre de 2013

El tomate ¿Símbolo de la revolución?

Observaba y trataba de entender lo que estaba frente a mis ojos. Lo que veía me colocó frente a la fealdad y a la pobreza. Me produjo tristeza y eso si era más fácil para mí. Todo a mí alrededor se hizo invisible, mientras mis ojos buscaron en ellos la frescura que no hallaban, abundancia que no existía, colores pálidos. Unos tomates declaraban la fealdad de un anaquel que hace unos años por bonitos, pasaban desapercibidos.
Quise compartir un comentario de lo que sentí en ese momento y la respuesta fue hosca, hasta canalla por alienada, diría yo. Mi comentario era de acera, de plaza, de supermercado, el que decimos a cada instante, lo repetimos y me revuelca las entrañas, pero no pasa de ahí lamentablemente. ¿Hasta dónde iremos a llegar, ya rozamos el punto de comprar comida mala?, eso fue lo que dije y una señora que hasta ese momento no existía en mi escenario, reaccionó ante el comentario diciendo que debíamos agradecer a Dios que aún teníamos comida.
No respondí para no alterar la armonía de la convivencia, pero mi mente sobresaltada se alejó y empezó a moverse entre recuerdos de mi infancia. Vino a mi mente el día que vi los más grandes tomates de mi vida en Margarita, llegó a mí lengua el sabor de los tomates grandes, bellos que preparaba mi vecina Lola, la española, con tomillo, aceite de oliva y sal, eran únicos, por su color, por su sabor.
Era obvio no responder, porque agradecer a Dios un alimento podrido y escaso, no es un asunto de fe, más bien es un tema de dignidad, pensé.
Mi mente seguía en su viaje disparatado y loco, por tiempos y geografías, pensaba en algo tan sencillo como una salsa de tomates que se me estaba convirtiendo en un dolor más de todos los dolores producidos por este amanecido socialismo, que a diario nos insulta y nos coloca ante lo brutalmente feo.
El tomate hasta ese momento me había parecido un ingrediente más, «invadía las cocinas en diciembre» como lo dijo Neruda, para nosotros, para mí, sin mayores alardes ni arrogancia gastronómica, era solo un hacedor de salsas, acompañante de ensaladas ordinarias, gustoso, bonito, pero indiferente. Nunca lo asocié con la estética culinaria, jamás vi en él una entusiasta belleza, hasta que percibí su ausencia y su degradación.
Ese día me sentí empobrecida ante lo estéticamente elemental que puede tener un tomate, se trata solo de un color rojo, un tamaño simple y una limpieza sin rigor, para qué hablar de más.
Nunca imaginé que un tomate pudiera romper mi corazón, pensar que no mancharía mi mesa puesta con manteles blancos,  lista para esperar a los amigos.
La fealdad estaba frente a mis ojos, ya era parte de la cotidianidad. Me asustó. Aquella frase de la señora retumbaba en mi pecho como un tambor y me pregunté: ¿Si nos acostumbramos a esto? ¿Y si lo repulsivo comenzaba entonces a ser parte de nuestra vida normal? 
Salí de allí recordando mis tiempos universitarios, Cuba, La Unión Soviética, Chile, pensando en la mentira y cantando… La yerba de los caminos la pisan los caminantes y a la mujer del obrero la pisan 4 tunantes de esos que tienen dinero… qué culpa tiene el tomate de estar tranquilo en la mata y viene un hijo de puta y lo mete en una lata y lo manda pa´Caracas
Ya ni eso…Caracas dejó de ser un destino, hasta para las latas de tomates

miércoles, 14 de agosto de 2013

Mi homenaje a todos quienes decidieron amar a su libre albedrío

«Sólo el afán de un náufrago podría remontar este infierno que aborrezco... »
                                   Reinaldo Arenas
Destierro y son

Virgilio Piñera fue su cómplice y desde su retrato guardó el silencio de una muerte anunciada por «el insulto de la vejez», creyó siempre que la vejez era eso, entonces, ¿para qué traspasar esa barrera? Fue más fácil o quién sabe si por no mendigar un rato más de su existencia; tal vez más cobarde, ingerir alcohol y ansiolíticos para dejar que las cicatrices fueran tales y convertirlas en hojas de su prosa.
Increpó con su mirada y su deseo aquel retrato para advertirle que necesitaba 3 años para finalizar su obra que sería una venganza a casi todo el género humano.
Una venganza en él era solo una herencia de esbirros y machistas que habían marcado su existencia, sus delirios y su musa.
Crítico del comunismo, como todo amante de la libertad; responsabilizó de su muerte al tirano de la isla.
En su inmensa desnudez se paseaba todos los días entre las malezas del Parque Lenin en La Habana,  para sacar luz del resplandeciente sol y escribir a escondidas, como si la literatura fuera un acto de subversión, y volver a guardarse cada anochecer.
Un día a unos 40 grados tal vez, sentada en los jardines de la Unión Nacional de Escritores y Artistas Cubanos, rodeada de burócratas que se dedicaban a escribir en el único periódico de la isla, otros a repetir y emular los discursos del dictador en la radio, me vino a la mente la vida de aquel diminuto ser que por homosexual, amante de la libertad y anti comunista había sido desterrado.
Mi estómago comenzó a dar vueltas como si mis pensamientos estuvieran allí, comencé a ver a los burócratas convertidos en esbirros, porque a fin de cuenta eso eran también. Se hacían llamar periodistas y justificaban la existencia de un periódico sin noticias.
Aunque mi presencia allí era para hablar de boleros y boleristas, tema imparcial y ajustado a otros placeres, percibía una línea extraña entre el pasado y el futuro, donde todo estaba marcado por códigos, prohibiciones y desconfianza. Se imponía una evidente mutación al pensamiento crítico y una gestión social fracasada con olor a naftalina.
Reinaldo Arenas deambulaba por aquellos pensamientos míos. Lo pensaba entre las malezas haciendo literatura a escondidas para que la absurda justificación de estos seres, no acabara con su disidente prosa.
Mi estómago no paraba de moverse y mi lengua fatigada de no hablar comenzaba a tomar vuelo, sin ninguna solemnidad, porque el verbo que se masticaba allí era parte de aquel infierno que había hecho cicatrices en Arenas.
Me preguntaba si esa historia tenía sentido o más bien cuál era el sentido de la historia. Si los pensamientos se arrinconaban junto a las críticas para complacer al poder, entonces qué era lo que valía la pena.
Todos allí se hacían llamar periodistas, pero sin entender que vivían en una sociedad tensa, asustada, callada y mentirosa que intentaba disimular su dolor con el rayito de son que aún quedaba.
¿Periodistas?, como si ser periodista no tuviese implícito el valor de la denuncia o la irreverencia en la pregunta, como si solo fuera un remoquete sin responsabilidad con una sociedad que lo implora, porque en La Habana y en los jardines de la UNEAC se siente el lloro por una verdad que no llega.
Seguía imaginando el recorrido del poeta, del novelista, produciendo su obra entre malezas, robando luz al día antes que llegara el anochecer. Ya para ese momento, el autor de «La insoportable fealdad de García Márquez» estaría en Nueva York, quien sabe si en París, Madrid o Caracas, pero no estaba ahí y aunque su destierro fue una huida a la crueldad, sabía que no estaba preso en el asco o escapando a cada momento, huyó de aquel martirio.
La hoz había llegado para cortar toda belleza que pudiera desnudar la libertad, como si acaso ella no hubiese nacido desnuda. Creía cortar también los versos en el aire y como no pudo los convirtió en prohibidos. Quería acabar con el pensamiento del amor oscuro, como lo llamó alguna vez Federico García Lorca. Y es que «los artistas crean cosas bellas y lo bello no le interesa a la revolución» bien dicho alguna vez por Lezama Lima.
Mis pensamientos se precipitaban, mientras las palabras de los esbirros se repetían entre chistes malos intentando deshacer mi imaginación, yo estaba en estado catatónico. Recordaba los monstruos a los que se refería Arenas en «Otra vez el mar», sin duda uno de ellos era el que había convertido a estos burócratas en autómatas y repetidores. Razón tuvo –tal vez- de decir que Cuba es un país que produce canallas, delincuentes, demagogos y cobardes en relación desproporcionada a su población.

No quiso ceremonia, discurso, duelo o grito
ni un túmulo de arena donde reposase el esqueleto
(ni después de muerto quiso vivir quieto).
Ordenó que sus cenizas fueran lanzadas al mar
donde habrán de fluir constantemente.
No ha perdido la costumbre de soñar:
espera que en sus aguas se zambulla algún adolescente.

Así fue su Auto epitafio, el nombre de este poema que escribiría Reinaldo Arenas poco antes de morir. Tal vez por eso, a sus más íntimos amigos no les sorprendió su muerte. Dicen que agradeció a Virgilio Piñera, ante su retrato, el haberle guardado su secreto. Aunque esa no fue la única vez que lo intentó, si fue la definitiva.
Arenas logró salvar los primeros capítulos de su obra, Antes que anochezca desde sus propias entrañas. Salvó también la alegría en su prosa que contrastaba con la agonía de su vida; salvó la ideología y la libertad. Dijo alguna vez que  ni siquiera con las cadenas, el pensamiento dejará de ser libre.
Hay hoy un legado de terror, como él mismo lo dijo alguna vez; una lección de amor a la prosa, desenfado en su escritura, sexualidad sin decoro, su mar, su isla y un eterno recuerdo por su máquina de escribir, única riqueza material que atesoró y alguna vez le robaron en Nueva York, ciudad donde murió aquel 7 de diciembre.