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jueves, 23 de octubre de 2014

Una simple reflexión ... "No se trata de crear un estilo de pensar"


¿Cómo configurar una nueva forma de poder, luego de haber tenido la nefasta experiencia de estos 16 años de ineficiencia?

Esta puede ser una pregunta recurrente en todos nosotros, especialmente cuando nos planteamos, como suele suceder, que todos los brutos están del otro lado y que la oposición está llena de inteligentes y «resabidos»; entonces surgiría otra interrogante y es, ¿de ser así, por qué son ellos quienes están mandando?, peor aún quienes NOS ESTÁN MANDANDO, esta afirmación para que nos duela, sí.
Tal vez falte más autocrítica, no solo de lado y lado, sino especialmente de este lado, donde sí hay mucha gente capaz, inteligente y dispuesta de una manera ética a construir esa nueva forma de poder.
Estamos claros, o por lo menos yo creo estarlo, que las ineficiencias del pasado, esa forma unilateral de hacer política y el silencio cómplice de los ciudadanos, hicieron posible la llegada al poder de un régimen  oprobioso como el que estamos padeciendo.
He reflexionado mucho en torno a una unidad que no es tal, no solo porque no me gusta la unidad, ni el partido único, ni un solo timón, sino que en la práctica, tampoco es verdad. Cuando leo en las redes sociales vociferar en contra de la MUD, por otro lado en contra de «La salida» de Leopoldo, de María Corina, de los adecos, copeyanos, justicieros, etc., entiendo, comparto y respeto que cada quien desde el otro lado de la acera tiene el absoluto derecho de pensar como quiera, ¿o es que acaso no tenemos un pensamiento democrático? Lo que si me llama a botón, es que nuestra meta debe ser común, todos quienes estamos de este lado de la acera debemos comulgar en un esfuerzo para recuperar la democracia, pero desde diversas formas de pensar; no se trata de crear un estilo de pensar, se trata de crear una forma de convivir con éxito.
Esa oposición debería estar más cerca, en cómo fortalecer cada  los partidos políticos que el fallecido galáctico se echó al pico en el año 98, por cierto muy de la mano con algunos medios de comunicación —cosa esta que no debemos olvidar— y de muchos otros ciudadanos comunes, periodistas, etc., que apostaron a gritos al quiebre total de los partidos políticos vs la asunción al poder de un golpista consumado.
No pretendo pasar facturas con este texto, pero sí poner de relieve que no debemos olvidar para poder entender qué es lo que estamos viviendo y hacia dónde queremos ir.
En este momento de caos y fracaso total de el régimen mixto cubano/venezolano, me interesa cómo incorporar a nuestra realidad un pensamiento diverso desde las distintas ideologías, hacia un objetivo único, recuperar la democracia.
Es hora de que los venezolanos todos, oposición, y oficialistas, tengamos paz. Cuando hablo de oficialistas, no me refiero a los ladrones, corruptos y ejemplares que se han beneficiado de este pueblo noble, me refiero a todos quienes no encontramos los artículos de primera necesidad, a todos quienes debemos recurrir a las mil artimañas para conseguir medicinas, a quienes no tienen ni esperanza de tener una vivienda, a todos quienes día a día vivimos el ocaso de un régimen fracasado que sobrevive en una plataforma de propaganda y mentiras, gracias a los residuos de dólares que aún quedan en las arcas que no han sido saqueadas.
Es hora de construir, de producir, de diseñar, de accionar, de luchar por esa libertad y ese respeto que nos han secuestrado para poner todo en manos de un Estado corrupto y mentiroso. En esa construcción veo a cada uno de los ciudadanos, en ese accionar veo a cada uno de los partidos políticos renovándose y mostrando a estos ciudadanos que efectivamente están dispuestos a cambiar, desde sus propias ancestrales figuras, hasta un pensamiento que en muchos casos ha quedado en el pasado.
Con ideas renovadas, con pensamientos jóvenes y diversos, con derechas, izquierdas y centros, donde cada ciudadano tenga la opción de buscar sus propios espacios, de tener una participación mucho más activa y no decantar toda su manifestación a través de un solo canal que le asfixia.
Es hora de rescatar los partidos políticos, es hora de limpiarlos, es hora de renovar cuadros, es hora de demostrar que sí se puede, pero también es hora de purgar mucha maleza que se ha trepado en la desgracia de los venezolanos. Los partidos no son malos, lo malo de ellos es quienes están allí.

Es hora de abolir «la grandeza de un sujeto» que nunca es tal, ni de un lado ni del orto, no al caudillismo; porque la única grandeza de este país está en sus ciudadanos, en sus ideales, en su educación, en su libertad. Un país no se acaba por unos cuántos, ahora es que Venezuela es grande! Basta de unidades chucutas, la única verdad es la diversidad de las ideologías apuntando a la lucha por una verdadera democracia, ese es el objetivo.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Alguna vez amamos, o dijimos amar,
la terquedad sombría de tu fuerza
Armando Rojas Guardia, Patria


El encuentro con la piel y con la lengua, la transformación de un cuerpo en otro, uno enfermo, un joven detenido, el cuerpo del poeta late en otro que se suma al dolor de un cuerpo libre. El azul congelado da luces al verde, a todo lo ancho y gozoso de esta tierra; la distancia, la penumbra, la nostalgia y el recuerdo, todo eso es esta mancha sombría que pasa por mis recuerdos, con nuevos fantasmas alegóricos de lo abstracto, no logro descifrarlos, no se parecen a mi historia, a mi vida, a mi antes.
Era domingo en la mañana y en mi cama, impregnada de miradas hacia lo vivido, intentando detener el tiempo entre las cobijas, una gran interrogante caía sobre mi frente y se cerraba cada vez que pensaba en mi vida, mi futuro, mi tierra, mis amigos, mis boleros, mis libros, mis días, mi todo, mi Patria pues. Tomé «Mapa de desalojo» como quien busca respuestas en la poesía y luego de leer los primeros encuentros de Adalber con Armando, su admiración y sus mágicas descripciones de esa voz «ronca, honda con olor a cigarrillo» creí que podía escaparme de mis dudas y pensamientos, hurgando en la belleza de la poesía, de las letras de Rojas Guardia, pero no fue así, mi instinto me jugó un señuelo y abrí Patria.
Entonces, intento dibujarla de nuevo, vuelvo a la piel y a la lengua,  la realidad me quita los zapatos, ese curtiembre que me hace andar. Muevo los dedos y afuera veo –por la ventana-  un simulacro de ciudad. Escucho voces que me son ajenas, donde el martirio y esa «terquedad sombría» me hacen daño. Me quedo, tranquila y con miedo, porque todo empieza a hacerse desconocido. No sé cuál es la mejor hora, ni la peor para esconderme. Me refugio una vez más en este poema que me aturde y lo amo, y me duele cuando leo que: «te concibieron con vocación precisa del fracaso», entonces qué es lo que hacemos escondidos en esta mancha sin horizonte, me pregunto. Me siento entre benedictos, creando un claustro cada vez más cerrado para reinventarme y diseñar un nuevo modo de vivir, tal vez desde las entrañas.
Leo y releo Patria y me envuelve el «trapo contumaz de su bandera», me contamina y me hace llorar. Es la misma Patria que se nos pierde entre la maleza del dolor de quienes caminamos sus calles, escuchamos los pasos andariegos y veloces que intentan escapar de las ráfagas, de los secuestros, de la violencia. Con razón Armando la describe como vil y prostibularia, pero le declara su amor cuando «se atreve a cubrir su desnudez». ¡Cuánto dolor retumba en ese poema!
Esa temporalidad que me impone Patria, de un quizás mañana o un mañana sí…la duda inmensa de un pluscuamperfecto que no entiendo, me hace vivir desde las entrañas, creando, inventando, dando sabores y olores a mi madriguera. La ciudad que tengo no la conozco, no es Patria, quiero decir, no es mi Patria, es la Patria del poeta, más bien la del poema que esculpió, la recorro y de mucho recorrerla se me desdibujan los rostros que nunca vi, que no se parecen a nada.  Vuelvo al poema.
Y «al evocar calabozos, muchedumbres, hombres desnudos vadeando el pantano, llanto de mujer, un hijo…» La mirada regresa al capítulo miserable, al que nunca soñé, al que me atormenta, al encierro, a la injusticia a ese llanto de mujer que describe el poeta y que lo escucho, ya no a lo lejos, sino cada vez más dentro de mí.
¿Me invento entonces una Patria?
O más bien ¿diseño una ciudad cada vez que mis amigos me visiten para tratar de imitar la que tuve? Aquella que nos hacía reventar de risa y donde llorar un amor que se iba nos obligaba a recorrer algún bar, pasearnos por una calle canalla y entender que después que se va un amor, no nos queda otra, que volver a querer. Cualquier bolero era testigo de nuestro padecer, se convertía en telón de fondo de una novela que armábamos entre dos, la disfrutábamos, la inventábamos y seguíamos adelante.
Hoy me quedo sin zapatos, muevo los dedos nuevamente, pongo el lápiz en mi boca esperando tener algo nuevo qué agregar, qué describir, qué definir, qué reprochar, por qué luchar. Le grito que no se venda, que no se deje más.
Mientras apuntan a mi corazón, me invento otra ciudad, invento una Patria que no existe, llegan mis amigos, le doy sabor a mi madriguera y la pinto de Patria, hay olor a cardamomo en mi café. Mis perros me mueven la cola, me encierro, pero sé que no es para siempre.
Vuelvo a Patria, me refugio y me detengo en esa dificultad de sonreír que alude el poeta «levantando los hombros, desganado, y diciéndote con sorna, con ternura, mañana sí tal vez. Quizá mañana…»


viernes, 18 de julio de 2014

Una mirada a Proserpina, de Armando Rojas Guardia


Proserpina es una esencia divina de vida, muerte y resurrección que hace un puente entre la realidad, el amor, el erotismo, la literatura y Pablo Rojas Guardia.
Este encaje de circunstancias, convertido en el primer y único cuento que cuenta Armando (hace más de 30 años), es un homenaje a su padre que se convierte –a través de su prosa- en una deidad de cuerpo, deseo y fenómeno espiritual que logra atrapar al lector, desde cada espacio de esa relación contada, para que no se aparte de la obra, desde el principio hasta descubrir en ese final, la relación filial que los une.
Armando cuenta una historia que descubre en un armario cualquiera y su éxtasis por aquello le hace redimensionar y reescribir literariamente, mientras desde su creación desviste a Proserpina luego de un encuentro diplomático en El Cairo. Narra cada momento con una lírica que entreteje con deseo y fascinación y a partir de su invitación a desaparecer juntos una noche, ella en un arranque de liberación acepta un escape que marcará la vida de ambos para siempre.
Él con la huella de la seducción de Proserpina se envuelve en un aire de locura que se abre aún más cuando María Eugenia, su esposa, sale a Caracas a dar a luz, y él toma todos los espacios para honrar el amor y las pasiones que le desata esta diosa, pero carnal. Describe el autor que: «…como los más intensos licores, calará lentamente y sin que yo lo note, la materia última de mi cuerpo y, a través de ella la de mi alma»
Los arrebatos, las caricias inesperadas «las batallas del coito», en el desorden de una casa donde la esposa no está. Las mucamas fueron dadas de alta –en el adelanto de sus vacaciones-  para tener más espacio; en una cama desnuda como sus cuerpos, sostiene la languidez, los rezagos del cansancio de un sexo habitado en ella y deseado por él.
Esta obra redimensiona espacios del amor que nos hace experimentar una especia de alma ansiosa, escondida, convertida en cuerpo, en vagina, en lengua, en objeto absoluto de deseo danzante al ritmo del Réquiem de Fauré.
Los días transcurrían y el tiempo marcaba el regreso de María Eugenia con su hijo recién nacido; la fatalidad se imponía con un accidente donde Proserpina y su marido quedaban comprometidos físicamente. Él lloraba la ausencia, mientras pensaba en el amor resignado que llegaba nuevamente a El Cairo, el de su mujer. Proserpina –mejora su salud-  e inventó un encuentro en El Nilo, bajo juramento de espacios solos, de encuentros clandestinos donde nadie lo notaría. La pasión se mezcla con la lujuria del pensamiento. Todo a la vez en el hilo plateado fluvial de sus deseos.
Al final, se baja una tela de seda, un telón de fondo que cubre a nuevos personajes y descubre la cercanía de los protagonistas.
El disfrute del cuento es inmenso, el lenguaje excelso, propio de Armando impone una estética que cada línea es seducción. Próximamente tendremos una nueva edición, esta vez será editado por La Guayaba de Pascal

martes, 29 de abril de 2014

Tiempo de muerte, literatura y bolero




I
Veo cómo mi cotidianidad, ese espacio de profundo encuentro conmigo misma, anhelado siempre cuando estoy lejos, se hace añicos cada día. Mis costumbres, mis gustos, mi fascinación por las caminatas por mi barrio para ver a la gente, saludarla, sentarnos a conversar y tomar un café se desvanecen y  se han transformado en malas noticias, luchas con banderas, mensajes de pancartas, comunicados de estudiantes y desfiles nocturnales al compás de las cacerolas, exigiendo libertad.
Gritar sin resignación como quien pretende acercar la distancia temporal de la historia, ya es tarea de todos los días. Reconocer que ya las noches no son aquellas de seda y vino, de cantos de son, ni los amaneceres de reír por nada y llorar por todo. Ahora me encuentro peleando, sí, peleando y gritando por el medio de la calle, al lado de vecinos, de desconocidos, de jóvenes que alzan su voz más fuerte que yo, y de señoras que entonan el himno nacional como si fuera un mantra que les tranquiliza el alma sin meditar qué hacer por el país, o más bien, qué más hacer.
El Ávila allá, siempre cerca, omnipresente, único testigo de aquella cotidianidad –casi perdida- él no deja de estar, de mirarme  y acusarme de tanta ausencia en aquellos regodeos que hacíamos juntos en sus quebradas, donde solía ir los mediodías a tomar un jugo y a veces hasta una ensalada para sentir que podía desafiar el bullicio de Caracas con el silencio y el sonido mágico del agua de sus cascadas. Allí está para reclamar mis días. Acusador, erguido, a veces envuelto en fuego ante la apatía de muchos y el dolor de otros tantos, pero permanece como si nada le afectara. Es lo que va quedando de los días que me gustan, esa inmensa montaña.


II
Una tarde más con los jóvenes que reclaman a las puertas del PNUD.
Sentada en una escalera que sube a la indiferencia de esa ONU silenciosa, que no da respuesta y pareciera cómplice, observaba quieta. Cada quien tiene una vida, una historia, pero todos pelean por un futuro.
¿Qué piden? ¿Por qué manifiestan? Se preguntan algunos transeúntes que los pilla el despiste y se atraviesan en ese lugar, sin entender por qué hay tantos muchachos metidos en carpas.
Son jóvenes inocentes sorprendidos por una situación enferma que quisieron detener. Se organizan, se cuentan, hay coordinadores de logística, de comunicación, de seguridad. Me impresiona verlos en esa gran empresa por la libertad, exigiendo derechos y trabajando en esa ciudadela improvisada de óvalos de tela como si fueran hormiguitas. Uno da un parte de los desaparecidos en Táchira, Mérida, Anzoátegui y Bolívar. Otro anuncia una misa a las 6 de la tarde. Otro más y con voz enérgica, llama a los del campamento a activarse; no sé qué quiere decir con eso. Pero ante esa voz todos corren y se agrupan a mi derecha, a lo lejos, no logro escuchar, pero los veo atentos y con caras sorprendidas, algunos asienten, otros se retiran en silencio. El grupo se disgrega, dos se abrazan, ella llora.
Es jueves santo, el calor rescata mis recuerdos de semana santa, hasta ese momento no la había sentido. Llegué hasta allí con el dolor y el recuerdo de Anacaona, El ratón, Eres una en un millón y Mi triste problema, entre tantas otras. Había muerto Cheo esa mañana en Puerto Rico, sí, el gran Cheo Feliciano, el de Los entierros de mi pobre gente pobre. Veía a los muchachos, mientras cantaba en silencio… mis flores son de papel, pero mis lágrimas son de verdad y lloraba, viéndolos a ellos, contagiada por la muchacha que en los brazos del estudiante lloraba también. Yo recordaba a Cheo, pero con la presencia de los jóvenes, tocaba mi realidad. Era un despecho de amor y libertad.
Suena el celular, cuando me disponía  a irme a casa para regresar con ellos a las 6 a su convocatoria de la oración, una misa, un encuentro con la fe, en ellos veo su fervor y su credo, como también toco su esperanza constante.  «Murió Gabriel García Márquez», decía la voz del otro lado del teléfono.  Me volví a sentar.
Esa tarde había dolor y tristeza. Encuentro con el pasado, mi historia reverberaba en todo mi cuerpo. Un día que se conmemora la agonía de Jesús en el huerto de Los Olivos,  se recuerda también la traición de Judas, no podía ser menos dramático entre nosotros, los venezolanos, los colombianos y caribeños, y más emblemático para Venezuela donde el dolor, la muerte y la tristeza se han convertido en una cotidianidad que nos hace agonizar.
Este jueves santo era de muerte, sin campanas, sin esperar resurrección. Como son  las muertes en mi país, anónimas, silenciosas. El parte de muertos y heridos de la policía no existe, tal vez porque sobre pasó el número «políticamente admitido». Mi cuerpo estaba aletargado y de pronto los muchachos comenzaron a cantar.  Todo lucía pesado a mí alrededor, algo me detenía, no podía seguir, no lograba pararme de nuevo.
Los jóvenes vibraban y con mucha intensidad se movían, dirigían, planificaban. Eran vidas armónicas las que ahí palpitaban a pesar del dolor por la espera de ese futuro desaparecido. A pesar de la intensidad de la vida,  la muerte estaba presente: Génesis, Robert, Bassil… Un joven colocaba cruces para recordar a cada uno de los caídos. Me acerqué en silencio. El panorama no era fácil de digerir. El Caribe y el mundo también se estremecían, pero por las muertes de Cheo y Gabo. Yo me estremecía por todos, era mucha carga en una sola tarde.
IV
Eran aquellos tiempos cuando las tardes de cine, de café en la plaza, de cuentos de películas y sobre todo de los libros que acariciábamos en esos días, formaban parte de la cotidianidad desgreñada y sin planificación alguna. Rones y sones, canciones y amores, todo hacía una convergencia de disfrute cotidiano. Discusiones sobre el amor de Florentino por Fermina y las más de 130 cartas escritas sin agotar ni una gota del amor a pesar de tantos años. Aquel amor tan caudaloso como el Magdalena, que  al final resultó ser síntesis de la vida y la muerte. Claro que del amor también.
Era inevitable recordar aquellas charlas sobre los personajes, pero sobre todo, cuando estábamos entre periodistas, lo más apasionante era lo que cada uno podía aportar de su conocimiento sobre Gabo en Caracas, pocas veces me tocó una conversación donde se hablara de la relación del escritor con Cuba, parecía no importarnos demasiado. Una vez recuerdo haber escuchado al Negro, así lo llamábamos en la universidad, contar un encuentro con Gabo en Caracas y su fascinación por aquella sencillez, inteligencia y sentido del humor que prevalecía en él.
La nostalgia apadrinaba aquel instante, aquella tarde impregnada de juventud, donde el deseo de libertad era una consigna, y recordé a Nietszche en esa frase que me ayudaba a entender un poco más lo que estaba sintiendo: «Todo lo vivido ha de repetirse, solo que al volver lo hace de un modo diferente». Esa frase resumía mi nostalgia por aquella cotidianidad perdida. Me regresaba la esperanza, pero me preguntaba: ¿Y si regresa diferente y no me gusta tanto?


V
Decidí caminar entre las carpas para escuchar más a los jóvenes, reírme, porque ellos allí convierten el dolor en esperanza, y esa juventud, no deja de serlo a pesar del maltrato, de la violencia y la represión de un Estado que practica a diario un culto irreflexivo. Que trabaja por un nacionalismo acomodaticio, que se siente con la autoridad de dictar hojas de ruta y mapas para indicar una nueva forma de vida, forma que burlan los jóvenes desde su inteligencia y avanzan un paso más en la desobediencia.
Me pregunto, ¿Cuál será el diálogo que prevalecerá entre esta historia y el pasado, o entre esta historia y el futuro? Veo almas sencillas, omniscientes, pero en un amargo momento de la historia que afecta también su vida cotidiana, la del estudiante preocupado por las ciencias, por el arte, el deporte y  la diversión. Todo a mí alrededor es como una obra de teatro. Me pregunto a cuántos interesa esta realidad.
Vidas paralelas, muerte, esperanza, dolor, diálogo, mentira, traición, instituciones, libertad, libertad, libertad. Democracia, violaciones, represión, justicia, justicia, justicia. Es un marco de palabras construidas alrededor de una vivencia, de un deseo por derribar ídolos de papel y propaganda costosa, palabras que entonan la lucha, que se niegan a vaciar su contenido y en boca de los estudiantes, son verdaderas, son un deseo permanente, son un derecho.
Ya no hay cotidianidad…hablo de la añorada, esa que se hizo añicos.
VI
Hoy, no por casualidad, o sí, quién sabe, también es jueves… a las 3 de la mañana un contingente de 900 hombres armados acabó con la paz de este campamento y tres más. Los sueños corrían arañados en las paredes de los edificios, el miedo se apoderó de los cuerpos jóvenes que están dando sus vidas por vivir en paz, que dejan sangre en el asfalto.  Mucho otros amanecieron en medio del más oscuro pavor. Un grupo de sordos no escuchó el grito, fueron maltratados y humillados. Mi barrio, mi ciudad, mi país, una vez más amanece con presos, heridos, mentiras, traiciones, más palabras cavilando para darle fuerza al país.
Sigo en mi dolor que empezó hace varios jueves y canto: «…seguir angustiado, viendo que se pierde la felicidad. Estar convencido de que en un vacío peor que el olvido, se hundió todo aquello que siendo tan nuestro ya es tiempo perdido. Andar con la pena de que nadie sepa cuál es mi dolor…»

Desde adentro, un grito escondido en mis entrañas dice: ¡Venezuela, no te rindas! 

sábado, 12 de octubre de 2013

El tomate ¿Símbolo de la revolución?

Observaba y trataba de entender lo que estaba frente a mis ojos. Lo que veía me colocó frente a la fealdad y a la pobreza. Me produjo tristeza y eso si era más fácil para mí. Todo a mí alrededor se hizo invisible, mientras mis ojos buscaron en ellos la frescura que no hallaban, abundancia que no existía, colores pálidos. Unos tomates declaraban la fealdad de un anaquel que hace unos años por bonitos, pasaban desapercibidos.
Quise compartir un comentario de lo que sentí en ese momento y la respuesta fue hosca, hasta canalla por alienada, diría yo. Mi comentario era de acera, de plaza, de supermercado, el que decimos a cada instante, lo repetimos y me revuelca las entrañas, pero no pasa de ahí lamentablemente. ¿Hasta dónde iremos a llegar, ya rozamos el punto de comprar comida mala?, eso fue lo que dije y una señora que hasta ese momento no existía en mi escenario, reaccionó ante el comentario diciendo que debíamos agradecer a Dios que aún teníamos comida.
No respondí para no alterar la armonía de la convivencia, pero mi mente sobresaltada se alejó y empezó a moverse entre recuerdos de mi infancia. Vino a mi mente el día que vi los más grandes tomates de mi vida en Margarita, llegó a mí lengua el sabor de los tomates grandes, bellos que preparaba mi vecina Lola, la española, con tomillo, aceite de oliva y sal, eran únicos, por su color, por su sabor.
Era obvio no responder, porque agradecer a Dios un alimento podrido y escaso, no es un asunto de fe, más bien es un tema de dignidad, pensé.
Mi mente seguía en su viaje disparatado y loco, por tiempos y geografías, pensaba en algo tan sencillo como una salsa de tomates que se me estaba convirtiendo en un dolor más de todos los dolores producidos por este amanecido socialismo, que a diario nos insulta y nos coloca ante lo brutalmente feo.
El tomate hasta ese momento me había parecido un ingrediente más, «invadía las cocinas en diciembre» como lo dijo Neruda, para nosotros, para mí, sin mayores alardes ni arrogancia gastronómica, era solo un hacedor de salsas, acompañante de ensaladas ordinarias, gustoso, bonito, pero indiferente. Nunca lo asocié con la estética culinaria, jamás vi en él una entusiasta belleza, hasta que percibí su ausencia y su degradación.
Ese día me sentí empobrecida ante lo estéticamente elemental que puede tener un tomate, se trata solo de un color rojo, un tamaño simple y una limpieza sin rigor, para qué hablar de más.
Nunca imaginé que un tomate pudiera romper mi corazón, pensar que no mancharía mi mesa puesta con manteles blancos,  lista para esperar a los amigos.
La fealdad estaba frente a mis ojos, ya era parte de la cotidianidad. Me asustó. Aquella frase de la señora retumbaba en mi pecho como un tambor y me pregunté: ¿Si nos acostumbramos a esto? ¿Y si lo repulsivo comenzaba entonces a ser parte de nuestra vida normal? 
Salí de allí recordando mis tiempos universitarios, Cuba, La Unión Soviética, Chile, pensando en la mentira y cantando… La yerba de los caminos la pisan los caminantes y a la mujer del obrero la pisan 4 tunantes de esos que tienen dinero… qué culpa tiene el tomate de estar tranquilo en la mata y viene un hijo de puta y lo mete en una lata y lo manda pa´Caracas
Ya ni eso…Caracas dejó de ser un destino, hasta para las latas de tomates

miércoles, 14 de agosto de 2013

Mi homenaje a todos quienes decidieron amar a su libre albedrío

«Sólo el afán de un náufrago podría remontar este infierno que aborrezco... »
                                   Reinaldo Arenas
Destierro y son

Virgilio Piñera fue su cómplice y desde su retrato guardó el silencio de una muerte anunciada por «el insulto de la vejez», creyó siempre que la vejez era eso, entonces, ¿para qué traspasar esa barrera? Fue más fácil o quién sabe si por no mendigar un rato más de su existencia; tal vez más cobarde, ingerir alcohol y ansiolíticos para dejar que las cicatrices fueran tales y convertirlas en hojas de su prosa.
Increpó con su mirada y su deseo aquel retrato para advertirle que necesitaba 3 años para finalizar su obra que sería una venganza a casi todo el género humano.
Una venganza en él era solo una herencia de esbirros y machistas que habían marcado su existencia, sus delirios y su musa.
Crítico del comunismo, como todo amante de la libertad; responsabilizó de su muerte al tirano de la isla.
En su inmensa desnudez se paseaba todos los días entre las malezas del Parque Lenin en La Habana,  para sacar luz del resplandeciente sol y escribir a escondidas, como si la literatura fuera un acto de subversión, y volver a guardarse cada anochecer.
Un día a unos 40 grados tal vez, sentada en los jardines de la Unión Nacional de Escritores y Artistas Cubanos, rodeada de burócratas que se dedicaban a escribir en el único periódico de la isla, otros a repetir y emular los discursos del dictador en la radio, me vino a la mente la vida de aquel diminuto ser que por homosexual, amante de la libertad y anti comunista había sido desterrado.
Mi estómago comenzó a dar vueltas como si mis pensamientos estuvieran allí, comencé a ver a los burócratas convertidos en esbirros, porque a fin de cuenta eso eran también. Se hacían llamar periodistas y justificaban la existencia de un periódico sin noticias.
Aunque mi presencia allí era para hablar de boleros y boleristas, tema imparcial y ajustado a otros placeres, percibía una línea extraña entre el pasado y el futuro, donde todo estaba marcado por códigos, prohibiciones y desconfianza. Se imponía una evidente mutación al pensamiento crítico y una gestión social fracasada con olor a naftalina.
Reinaldo Arenas deambulaba por aquellos pensamientos míos. Lo pensaba entre las malezas haciendo literatura a escondidas para que la absurda justificación de estos seres, no acabara con su disidente prosa.
Mi estómago no paraba de moverse y mi lengua fatigada de no hablar comenzaba a tomar vuelo, sin ninguna solemnidad, porque el verbo que se masticaba allí era parte de aquel infierno que había hecho cicatrices en Arenas.
Me preguntaba si esa historia tenía sentido o más bien cuál era el sentido de la historia. Si los pensamientos se arrinconaban junto a las críticas para complacer al poder, entonces qué era lo que valía la pena.
Todos allí se hacían llamar periodistas, pero sin entender que vivían en una sociedad tensa, asustada, callada y mentirosa que intentaba disimular su dolor con el rayito de son que aún quedaba.
¿Periodistas?, como si ser periodista no tuviese implícito el valor de la denuncia o la irreverencia en la pregunta, como si solo fuera un remoquete sin responsabilidad con una sociedad que lo implora, porque en La Habana y en los jardines de la UNEAC se siente el lloro por una verdad que no llega.
Seguía imaginando el recorrido del poeta, del novelista, produciendo su obra entre malezas, robando luz al día antes que llegara el anochecer. Ya para ese momento, el autor de «La insoportable fealdad de García Márquez» estaría en Nueva York, quien sabe si en París, Madrid o Caracas, pero no estaba ahí y aunque su destierro fue una huida a la crueldad, sabía que no estaba preso en el asco o escapando a cada momento, huyó de aquel martirio.
La hoz había llegado para cortar toda belleza que pudiera desnudar la libertad, como si acaso ella no hubiese nacido desnuda. Creía cortar también los versos en el aire y como no pudo los convirtió en prohibidos. Quería acabar con el pensamiento del amor oscuro, como lo llamó alguna vez Federico García Lorca. Y es que «los artistas crean cosas bellas y lo bello no le interesa a la revolución» bien dicho alguna vez por Lezama Lima.
Mis pensamientos se precipitaban, mientras las palabras de los esbirros se repetían entre chistes malos intentando deshacer mi imaginación, yo estaba en estado catatónico. Recordaba los monstruos a los que se refería Arenas en «Otra vez el mar», sin duda uno de ellos era el que había convertido a estos burócratas en autómatas y repetidores. Razón tuvo –tal vez- de decir que Cuba es un país que produce canallas, delincuentes, demagogos y cobardes en relación desproporcionada a su población.

No quiso ceremonia, discurso, duelo o grito
ni un túmulo de arena donde reposase el esqueleto
(ni después de muerto quiso vivir quieto).
Ordenó que sus cenizas fueran lanzadas al mar
donde habrán de fluir constantemente.
No ha perdido la costumbre de soñar:
espera que en sus aguas se zambulla algún adolescente.

Así fue su Auto epitafio, el nombre de este poema que escribiría Reinaldo Arenas poco antes de morir. Tal vez por eso, a sus más íntimos amigos no les sorprendió su muerte. Dicen que agradeció a Virgilio Piñera, ante su retrato, el haberle guardado su secreto. Aunque esa no fue la única vez que lo intentó, si fue la definitiva.
Arenas logró salvar los primeros capítulos de su obra, Antes que anochezca desde sus propias entrañas. Salvó también la alegría en su prosa que contrastaba con la agonía de su vida; salvó la ideología y la libertad. Dijo alguna vez que  ni siquiera con las cadenas, el pensamiento dejará de ser libre.
Hay hoy un legado de terror, como él mismo lo dijo alguna vez; una lección de amor a la prosa, desenfado en su escritura, sexualidad sin decoro, su mar, su isla y un eterno recuerdo por su máquina de escribir, única riqueza material que atesoró y alguna vez le robaron en Nueva York, ciudad donde murió aquel 7 de diciembre.


miércoles, 10 de julio de 2013

Diario de Barcelona

Tarde de un jueves de primavera en Barcelona
Ya habían anunciado la llegada al aeropuerto El Prat, y recordaba que un par de años antes, había amenazado a esta ciudad con conocerla más a lo profundo. Llegó el día y estaba allí entre palabras prometidas.
Mi corazón latía a un ritmo acelerado. Mucha emoción.
Eran las 5 de la tarde y mientras aterrizábamos, mis pensamientos se convertían en una sucesión de momentos vividos.
Sin abrir la maleta miraba alrededor del apartamento donde viviría por 3 meses, y casi sin creerlo dejé el cansancio a un lado y fui a encontrarme con una amiga, cómplice de alegrías a quien tenía dos años sin ver.
Las escaleras de mi nueva vivienda, me conducían no solo a la entrada principal del edificio o a la salida, según el caso, sino a una entrada secreta del hotel «La Condesa de Cardona» que tenía su puerta principal por otra calle. También me llevaban a la portería que, con una puerta de rejillas se lograba adivinar el espacio mínimo concebido para la conserje que con sus bigotes marcados mostraba su mal humor y se encargaba cosa que viví los días subsiguientes de vigilar el paso de todos, comer todo el día y de vez en cuando, limpiar las zonas erógenas de aquel edificio ubicado en el Barrio Gótico de la mágica ciudad de la Virgen del Mar.
Era mi primer día de 90 que me había regalado en Barcelona. Quería absorber la ciudad. Convertirme en serpiente, en águila, avanzar y descubrir la calle de «La Fiesta» donde cada vecino saca lo que tiene y lo pone al servicios de todo el que pase con banderas verdes, rojas y amarillas. Quería encontrar en algún bar una conversación inteligente, cualquier cosa que me encantara aún más, aunque fuera a Serrat, subiendo la cuesta en la calle donde se prendió la fiesta, o bebiendo con Sabina y adivinando las letras de sus canciones.
Ya en la calle  encontré que los caminos a mi alrededor eran felices todos, llenos de gente, colores de pieles, de cabellos, de ropas con colores a ritmo del Caribe.
Me detuve por un instante para hurgar un poco en mi conciencia y encontrar allí que la decisión de irme había sido la mejor, que no había destino alguno para culpas, que era un alma sola y capaz de decidir ser feliz a mi manera, sola, acompañada, en fin, conmigo, esa era mi verdad.
Debía llegar a un bar en Saint Andreu, creía recordar el camino y me enfilé hacia el mar. Me devoré las calles y sin darme cuenta llegué al lugar donde me esperaba mi amiga e hicimos la gran fiesta del encuentro, tropezábamos las palabras y sin dejarnos hablar, las historias se montaban una sobre la otra. Recuerdos, amores, desamores y por encima de todo, nostalgias que con el tiempo se habían tornado en espacios más suaves, risibles y amables. Nuestra conversación marcaba un hilo con el que habíamos tejido ya parte de nuestras vidas.
Una mañana de viernes sin cansancio
Acurrucada en una habitación tratando de descubrir en cada rincón mis nuevos espacios, un sonido característico me despertó. Las campanadas de la iglesia de María del Mar me llevaban uno, dos, tres, muchos años atrás hasta llegar a mi niñez y encontrar aquel sonido del Colegio Domingo Sabio, vecino de mi infancia. Mientras entraba el sol por una rendija, me enfrentaba a nuevas tareas en Barcelona. Debía terminar de escribir mi libro, ese era mi objetivo principal. Descubrir si como dicen algunos el bolero había nacido en España. Tremenda provocación para los cubanos. Pero esa era parte de mis tareas. También había pensado que ese sería un buen lugar para encontrarme conmigo desde la soledad, la distancia, los cierres que pretendía hacer desde el primer día y abrirme a nuevas experiencias.
Nunca tuve miedo a la soledad, la verdad no, pero voltearla aquí boca abajo, en la luz intensa de mi misma esencia, confieso que sí me estremecía un poco. Recordé entonces aquel verso de Rafael Alberti:
«A la soledad me vine, por ver si encontraba el río del olvido. Y en la soledad no había más que soledad sin río»
La verdad es que este viaje lo planifiqué con la excusa de vivir distinto, por lo menos 90 días. Me antojé de hacer un capítulo sobre el bolero en España y era mi aparente único pretexto y si esto no es un pretexto, entonces ¿qué es un pretexto? ¡Bolero en España!
Hoy comencé a armar una agenda para distribuir el tiempo y poder hacer todas las entrevistas previstas e incorporarlas al libro, pero solo en mi imaginación convertida en deseo, porque ese ritmo no mueve a los españoles, es algo que está en muy pocas almas. Pensé. Por lo menos con los que había hablado de este tema antes de llegar a España, esos comentarios me llevaban a esa conclusión.
A bañarme y a salir a comerme el mundo, porque se veía apetecible y sabroso…
Reconocimiento de la zona, primer día 9 de abril
Bajé y caminé por la Ronda Litoral para despejarme y buscar dónde comer, moría de hambre ¿y cómo no? si eran las 2 de la tarde, había dormido más de 14 horas y mi cuerpo pesaba más de lo que parecía. Me di cuenta que estaba viviendo en un lugar tocado más por los ángeles que por los mortales. El edificio donde vivía tenía dos frentes, uno daba al Barrio Gótico, y el otro a ese largo boulevard que bordea el litoral mediterráneo y desde donde puedo espiar barcos, museos y el barrio marítimo de La Barceloneta,  lugar éste que se ha convertido en mi favorito. El barrio de los arroces más deliciosos del mundo.
La sensación de mi estancia en Barcelona desde  que llegué fue que siempre había vivido allí, cada lugar de mi nuevo vecindario me resulta familiar, intento hacer mis días como si de toda la vida se tratara.
Ese día era único, cada día se me convertía en el día, sin plantearme nada más. Una forma de vida expresada no solo en hacer lo que quería hacer, había algo más, estar sola y tener tiempo para verme a mí misma. Quería escribir y dejar que la pasión y las emociones estuvieran por encima de los miedos y dejarlas correr, andar, que se entrecruzaran entre mi alma y mi cuerpo, plasmarlas en algún párrafo, disfrutar de ese tiempo que era mío. Me había atrevido y aquí estoy.
Con esa sensación seguí recorriendo aquellas calles en silencio,  miraba, caminaba. Reconocí cada lugar. Entré al bar Marsella. Saber que ese era el lugar favorito de Picasso, Hemingway y Dalí, era suficiente para sentarme y sacar mi cuaderno de apuntes. Tomé unas tapas, me quedé un par de horas allí, sentada observando cada paso, cada mirada de la gente, trataba de descubrir en ellos sus ojos trasnochados, teñidos algunos de negro, cuerpos tatuados. Miradas de amores cómplices, caras alargadas y aburridas por el trabajo quizás alegrías también, hurgaba y descubría quienes habían estado disfrutando la noche. Intentaba encontrar algo en cada uno, así comencé mi reconocimiento de la zona y de la gente. Saber que vivía tan cerca del Marsella me hacía sentir con alma de marinera, de artista, de gitana, qué se yo…
Eulalia y el cilantro, martes de abril
Pasaban los días y la mirada fisgona de la conserje a veces me inquietaba, pero los olores que de allí se escapaban me daba una sensación en mis papilas gustativas muy excitantes…todo olía a fresco, tal vez ella no.
Mientras recorría las escaleras que daban a ese primer piso de la portería, me abordó un olor familiar. ¿Cilantro? Sí, era cilantro, estaba segura, un olor nada español. Me sorprendió a tal punto que me detuve en su puerta y le pregunté que me parecía un poco extraño ese olor, pero muy agradable, haciéndole creer que no lo conocía.
Con desconfianza abrió la puerta de rendijas por donde me espiaba cada vez que bajaba y subía y lo menos que esperaba en ese momento era  una clase acerca del origen de esta hierba aromática.
Esta es una planta que en la antigüedad se usaba con poder medicinal en el Oriente Medio y que era además una ofrenda a los muertos.
Yo impresionada con la soltura que me hablaba del origen del cilantro, atónita y ya sentada en un espacio de 3 por 5 metros, no más, toda mi percepción de aquella señora cambiaba en un segundo.  Me dio a probar unas anchoas con tortilla y pimientos de piquillo y el plato acariciado por ese olor del cilantro. No lo podía creer. Estaba encantada con aquella degustación y esa historia que ella continuaba como si se la hubiese aprendido para mí.
Los españoles y especialmente los catalanes y vascos son muy aferrados a sus costumbres culinarias, así que el tema del cilantro en la cocina de Eulalia, no me dejaba de impresionar.
Me contaba que su hijo Bernat había vivido 10 años en Yemen, ahora estaba en Madrid y ella entrecruzaba la historia del cilantro, Yemen y Bernat con mucha sabrosura. Me  aconsejó que pusiera hierbas de cilantro debajo de mi almohada si algún día me dolía la cabeza y al despertarme, ya estaría sin dolor.
Claro, aquí no es fácil de conseguir.
Me advirtió. Pero me dio una dirección donde podía conseguir muchas hierbas, el cilantro entre otras.
Seguía sorprendida con los cuentos de Eulalia, tanto como la degustación de aquel plato con cilantro. La combinación de mi sabor con los sabores de ella, o más bien de España, de Cataluña. Desde ese día, fuimos amigas y ya no necesitó espiarme más, porque me preguntaba directamente qué hacía, con quién me veía, qué comía, qué fui a hacer a España y cualquier otra pregunta que se le ocurriera.
Increíble sentirme tan bien con Eulalia, ¡qué mujer! Era toda una sorpresa

Un ring y una invitación: «tienes una entrevista con Antonio Machín»
―¿Te vienes a Madrid el viernes?
Era la voz de un viejo amor que se renovaba cada tanto lo contacté antes de llegar a Barcelona, para contarle de mis planes, él estaba muy al tanto de mi libro y me invitaba el fin de semana a Madrid para conocer a Antonio Machín. Claro que no era el mismo, el de «Los angelitos negros», era un periodista que se llamaba igual, pero que había conocido al cantante 20 años atrás y le había hecho una entrevista, así que a Alberto mi amigo, mi viejo amor le pareció una buena excusa para vernos y encontrar en Machín, algún lado interesante sobre el otro Machín para incorporarlo a mi libro.
De inmediato respondí
Era maravilloso porque no tenía que dejar nada listo para irme, vivía el día, el momento, nada qué preparar, solo un maletín, buscar el boleto en la estación Francia que me quedaba muy cerca, llegar media hora antes, solo por la costumbre latina de que las cosas no funcionan y por si acaso…lo demás estaba listo.
Le conté a Eulalia que iría a Madrid, porque me imaginé que me podía dar algo para su hijo, me hizo pasar y adiviné su soledad. Esta vez probé un caldo con chorizos. Mientras lo disfrutaba, me contó algo de su hijo entre palabras confundidas, me dijo que algún día me contaría más de su historia. No quise preguntar nada, pero tampoco era difícil imaginar que algo se había roto entre ellos y los placeres del paladar eran para Eulalia un desahogo, una catarsis tal vez, su bolero.
Y por eso me atreví a preguntarle si le gustaba el bolero, adivinando que no sabría de qué le hablaba, pero con la excusa de cambiar el tema. Me sorprendió nuevamente cuando me dijo que le gustaba Moncho, el gitano catalán que cantaba boleros en esa lengua, sacó un par de discos de pasta y me dijo que al regresar de Madrid fuera para cenar con ella y escuchar boleros.
Eulalia es una cajita de sorpresas.
Me dispuse a hacer mi maleta pensando en ese fin de semana en Madrid y me hacía mucha ilusión.

Viernes, sábado y domingo
Llegué a la estación Francia a las 8 de la mañana, el tren salió a las 8,25. Todo era perfecto, suave, agradable. Llevé para mi viaje el epistolario de Sigmund Freud que compré en una librería de libros usados en el Barrio Gótico. Era una recopilación hecha por su hijo Ernest Freud de las cartas que su padre había enviado a amigos, colegas e hijos con la intención de mostrar al mundo un  cara distinta de su padre, no solo la del médico psicoanalista, sino la del hombre, el padre, el amigo y entre paisajes y Freud, el viaje se me hizo muy corto y al llegar a la estación de Atocha estaba Alberto esperándome muy sonreído y con un programa para mí, tan especial como él.
El itinerario comenzó con un paseo por Madrid esa tarde, me tenía reservada un par de horas al museo Thyssen, porque sabía que me encantaba. Casualidades de la vida que había una retrospectiva de Luciano Freud, artista británico que plasma en su trabajo el cuerpo y las emociones. Seguía la agenda de viaje y el almuerzo estaba contemplado en un restaurant Marroquín, que se llama «La cocina del desierto». Muy a lo madrileño, a las 11 de la noche era nuestra cita con Antonio Machín en un bar tranquilo, escogido especialmente para una conversación como esa.
Llegamos a la hora y Machín, colega periodista nos esperaba con un dry Martini, y un gesto de placidez, sentado en la barra.
Fue una grata conversación, me contó de la sencillez de aquel hombre, su tocayo, que había estado casado con una sevillana y se quedó en España para siempre, que cantó y vivió una vida entera para el bolero. Machín, el periodista me dijo «El bolero nació por allá» refiriéndose a América; él descarta el nacimiento del bolero en España. Como fue descartado por todos los entrevistados. Esa era mi pregunta central, quería provocar a los latinos, especialmente a los cubanos, con la teoría de un posible nacimiento del género en España, pero no, no fue así.
Machín seguía hablando de Machín y me contaba de su biografía y hasta un dicho recurrente en España entre personas de edades serias que es «eso está más sonado que las maracas de Machín»
No imaginé que al despedirnos, sería para siempre, Machín, el periodista, era uno de los mejores amigos de Alberto. Y me decía hace unos días cuando murió, «Madrid no es lo mismo ya. Antonio era el verbo de la noche». (NOTA APARTE)
El sábado era día de paseo y más comida, pero esta vez comimos saltando, es decir, de lugar en lugar, empezamos con unas sardinas acompañadas de una sidra asturiana, luego caminamos y fuimos a otro bar de la zona de Chamartín y comimos aceitunas, albóndigas y calamares, esta vez con un afrutado vino blanco. Había que probar un chorizo hecho por un octogenario y cumplimos con ello, hasta  llegar a la hora de descanso porque la frittata, como también se le llama el tapeo en Madrid, había hecho lo suyo.
El domingo, ya era un día de despedida y para recorrer El Rastro, un mercado fascinante. Alberto me llevó directamente a ver los radios antiguos, aparatos que por muchos años coleccioné hasta que los espacios de mis casas hicieron reducir mi colección. Por fortuna, algunos están en manos de amigos queridos.
En El Rastro encontré un olor a cilantro nuevamente y le conté a Alberto la historia de Eulalia, él me dijo que sí, en efecto, desde hace poco tiempo en España empiezan a cruzarse olores y sabores venidos de muchas otras partes, incluyendo el cilantro ―que no gusta tanto como en América― y frutas tropicales como mango y piña que aunque son consideradas a precios de joyería, son muy cotizadas y bienvenidas a las mesas de los españoles de buen paladar.
Ya llegaba la hora de despedida en Atocha, muchas cosas buenas del fin de semana. Con mi amor recurrente todo tiempo pasaba bonito. Un abrazo y un adiós. Otro.

Lunes, hay que empezar a escribir
Hoy tengo algo más de una semana por estos lares y siento que he vivido tan intensamente que me parece un año.
Es hora de comenzar con mi tarea. Me hice un horario. Dormir hasta que ya se acabe el sueño, levantarme ir a caminar y dedicar por lo menos 10 minutos a Eulalia, desayunar, sentarme a escribir hasta las 5 de la tarde. Claro que había comenzado a la 1. Acicalarme y hacer el recorrido de bares y lugares donde quería estar con amigos, a quienes tenía tiempo sin ver. Comer, conversar, disfrutar. Estaba segura que ordenada así, podría hacer todo.
Ese lunes era un día de lluvia, gris y un poco triste por lo menos para mí. Aunque en primavera, pero el clima cambia y hoy se pone a mi favor para poderme quedar en casa y arrancar esta crónica sobre el bolero en España. Aunque cualquier excusa siempre será buena para escribir, tomar vino y pensar en lo maravilloso que es amar a través del bolero, entristecerse recordando historias y sabiendo que siempre habrá un bolero que te haga amar de nuevo. Es como si con el bolero pudieras manejar las emociones y colocarlas de acuerdo con las necesidades del corazón, por eso escucho boleros mientras escribo, practico los estados de ánimo, los gozo y a la final tal vez hasta logre el objetivo, aún no sé cuál será, a veces estar triste y otros  alegre, emocionada, meditabunda, en fin, todo vale siempre que el bolero ayude en esa transformación.
Con la ayuda de esa conversación de fin de semana, arranqué mis primeras páginas del último capítulo, en mi cabeza rondaba la invitación de Eulalia, escuchar a Moncho cantando boleros en catalán me resultaba seductor. Debo confesar que también me animaba algún plato de esos que desafiaban mi paladar.
Esa noche tenía la excusa de entregarle un recuerdo de Madrid a Eulalia, bajé a llevárselo y me invitó a pasar, levantó el teléfono y dijo: «veuen que ha arribat». Me miró y me dijo, viene Adriá, él trabaja en el hotel y le gusta el bolero, ya le hablé de ti y quiere conocerte.

Llegó Adriá, un joven tatuado que de lo menos que tenía cara era de ser amante del bolero, pero comenzamos a hacer lo propio en casa de Eulalia, comer, ella enchufó un tocadiscos, luego de desempolvarlo y puso el disco de Moncho cantando en catalán. Mientras lo escuchábamos, Adriá me hablaba de Mayte Martín, otra catalana, una de las representantes más admiradas del flamenco en esta región y una de las mejores voces femeninas de toda su generación —si no la mejor— que había grabado dos CD’s de boleros. Ella ha cantado con Moncho y con Omara Portuondo. Me habló de Lucrecia, una cubana – catalana. También me contó de Antonio Machín. Soltaba algunos nombres como Martirio, Luz Casale y se transformaba, era como si desdibujaba los tatuajes de su cuerpo.
Escuchar a Adriá hablar con tal propiedad del bolero me hizo pensar que estaba en el lugar perfecto. Mis amigos catalanes me hablaban de bolero como piezas de intelectualidad que no pasaban jamás por la emoción. Pero ellos dos sí sabían de lo que hablaban, Adriá conocía a Mayte, Omara, Machín, Lucrecia. Eulalia admiraba a Moncho. En Barcelona sí había almas de boleros -pensé. Subí a mi apartamento a buscar música, les presenté a otros cantantes cubanos, venezolanos. A las 2 de la mañana Felipe Pirela cantaba Únicamente tú eres el todo de mi ser,  en aquel lugar con olores maravillosos, ya a esas horas el olor más fuerte era el de un vino de Rioja que llevó Adriá. Esa noche fue larga, Eulalia ni miró por las rendijas. Todo era bolero, vino y recuerdos.
Ninguna noche habría sido mejor que esa para celebrar que ese día había comenzado a escribir mi crónica sobre el bolero.
Mi conclusión fue que el bolero no nació en España, definitivamente su cuna es Cuba, pero valió la pena la excusa del viaje…Los días siguieron, se completaron los 90 como estaba previsto. Terminé el capítulo y con él, el libro. En enero del año siguiente, estaba bautizando «La noche de anoche», el libro que contenía el capítulo de España. Alberto fue el padrino, además escribió el prólogo y continúa siendo un amor recurrente.

Eulalia murió, Adriá ya no está en el hotel La Condesa de Cardona, pero tiene el libro en sus manos, eso sí lo sé.